Explotación y precariedad
Festivales de verano: músicos de usar y tirar
Limitadores
de sonido, abuso laboral, camerinos de dos horas... los músicos hablan
de las condiciones estivales en las que trabajan.
Lucía Lijtmaer @lalitx
13.07.2016 01:11 h.
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Muestra del público disfrutando de los festivales de verano.
David Ramos
Getty Images
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No
se trata del único caso: el electrónico Marenostrum Music Festival
suspende su celebración con 20.000 entradas vendidas tras no lograr el
visto bueno del Ayuntamiento de Alboraia. Marenostrum, que anteriormente
se celebraba en el Puerto de Valencia, decidió reubicarse a Alboraia,
pero el gobierno municipal ha recibido un informe negativo de la
Generalitat, que considera incompatible la ubicación del festival con
los usos que autoriza la Ley de Costas.
"La creación de la Unión Estatal del Sindicato de Músicos, Intérpretes y Compositoras que pretende reivindicar de manera sectorial una mejora en las condiciones de trabajo"
Los
últimos meses han puesto en la mira de la política cultural de muchos
municipios las condiciones en las que se realizan conciertos y, en
especial, festivales. Tras la normativa impulsada en abril en la ciudad
de Barcelona, que permite los conciertos en bares con unas limitaciones
de entre 30 y 45 decibelios llegó la creación de la Unión Estatal del
Sindicato de Músicos, Intérpretes y Compositoras que pretende
reivindicar de manera sectorial una mejora en las condiciones de
trabajo. ¿Cómo trabajan los músicos en festivales musicales hoy en día?
Adriano Galante
(Seward,
miembro de la plataforma del Sindicato de Músicos): “Hemos tocado tres
veces en el BAM [Barcelona Acció Musical, dentro de las Fiestas de la
Mercè]. Cada año el limitador de sonido fue mayor, y a consecuencia la
música que tocamos, más rígida. Fue una de nuestras peores experiencias
en el espacio público. Lo que tocas no suena como lo que haces, el
sonido no es tuyo. Ocurre en más festivales -como el Cruïlla o el
Primavera-, es un error de base. No tienes las frecuencias reales de lo
que estás tocando y eso afecta cómo disfrutamos la música en público. Es
fuerte comprobar además que jamás hemos tenido este tipo de experiencia
tocando fuera de España”.
Lucrecia Dalt
(Electrónica
y experimental): “He decidido tocar lo menos posible en festivales por
muchos motivos: falta de cuidado en el sonido, un ingeniero de sonido
para todo el día que está agotadísimo a nivel auditivo y que no sabe
generalmente de qué se trata tu música, falta de espacio para generar un
diálogo con el público – por ejemplo, la ausencia constante de mesa de
merchandising-. Hay algunas excepciones como el festival independiente
Le Guess Who?, en Holanda, que es uno de los mejores para mi a todos los
niveles: en trato, espacios seleccionados para los conciertos,
curaduría. Los peores recuerdos que tengo de festivales son aquellos que
no permiten hacer una prueba de sonido. Se comprueba que el equipo
funciona antes del concierto y fuera. No es nada agradable y bastante
estresante.”
Nacho Vegas
(Folk-rock, azote
del indie): “Como artista siempre me he sentido muy bien tratado en los
festivales, no tanto en lo que tiene que ver con la logística propia de
estos eventos como en el trato humano. Recuerdo en concreto el
concierto del año pasado en el Arenal. Es un festival, como muchos
otros, en los que para la mayoría de bandas no existe prueba de sonido.
Hay varios escenarios, y lo que te permiten es hacer un chequeo de
líneas media hora antes de tu concierto, mientras está otro grupo
tocando en el escenario de enfrente, con lo que es imposible escuchar
nada. El backstage de cada escenario es un sitio reducido en el que
dispones de camerino durante dos horas, lo justo para llegar, tocar y
largarte para que el siguiente grupo ocupe el camerino. No había una
zona común. Creo que entre las prioridades de los grandes festivales no
está la de crear tejido cultural, y es una pena, porque creo que podrían
ayudar a construir algo”.
Bernat Hernández
(Músico
habitual en la escena del jazz en España): “A menudo oigo quejas de
compañeros que a los que no les han aceptado presupuesto de mas de 100
euros por músico -y eso incluye al Festival de Jazz de Barcelona-. El
verano pasado fuimos invitados a tocar a un festival como cabezas de
cartel en una pequeña localidad de Bélgica con menos de 20.000
habitantes. Nos pagaron los gastos, viaje, dietas y el caché digno de un
concierto así. Aparte de que el trato personal fue excelente, fue la
primera en la historia vez que pagaron el canon de AIE [la entidad de
Artistas Intérpretes y Ejecutantes] de mis temas”.
Ricky Lavado
(Batería
de Egon Soda y Nudozurdo, pop-rock): “Hace un par de semanas me
ofrecieron tocar en un festival enorme fuera de España. Cartelazo con
nombres mayúsculos del indie internacional. El trato incluía conducir
unos ochocientos kilómetros, tocar a las cinco de la tarde abriendo el
festival y conducir otros ochocientos kilómetros de vuelta. El festival
ofrecía la cena. Ni cachés ni gastos ni las gracias. Mil seiscientos
kilómetros en furgoneta con los gastos que eso conlleva, a cambio de una
cena de catering de festival. Otros festivales nacionales deciden pagar
pero incluyen en el contrato una clausula según la cual una parte del
caché del artista va destinada a pagar a la SGAE. El artista paga sus
propios derechos de autor. Da qué pensar.”
Álex Gutierrez
(Miembro
de Diploide, hip-hop): “En los festivales, en cuanto a la legalidad
laboral, suelen hacerse las cosas mejor que cuando tocas en un garito de
por ahí, eso es así. Pero no se hacen bien nunca, y eso tiene más
delito porque los festivales sí tienen los recursos para hacerlo, no son
cuatro amigos de no sé dónde que le echan ganas y se buscan los cuartos
para traer a un grupo que les mola al garito al que van habitualmente
de fiesta en su pueblo. En este último caso se hace todo sin contrato,
en negro, y aquí paz y después gloria. Que tampoco está bien,
entiéndeme, pero es distinto: esos cuatro amigos no se van a lucrar con
la cosa. Más grave es que las camareras del garito habitualmente tampoco
tienen contrato, y curran ahí todos los fines de semana.
En
los festivales tochos se mueve mucho dinero y están subvencionados con
dinero público. Es intolerable. Firmas un contrato y normalmente te
exigen que les emitas una factura. Bueno, no siempre, también hay veces
que se cobra todo en negro, sin facturas ni hostias, como con los 4
amigos. Pero lo habitual es que sí te la pidan, y cuando les dices que
no es tu actividad habitual, que no puedes darte de alta como autónomo y
que por tanto no puedes emitir una factura, les da igual, dicen que
tienes que hacerles una o “mira a ver si alguna empresa amiga o asociación cultural pueden hacértela”.
En resumen: en los festivales, con Hacienda casi siempre todo correcto
–de aquella manera-; con la Seguridad Social, nunca, salvo grupos tochos
que vivan de la música y sean empresas o autónomos y cuya relación con
el festival no sea laboral sino mercantil.
Ya
verás qué risa cuando alguien de un grupo pequeño se caiga de un
escenario y se parta la crisma o tenga un accidente de tráfico in itinere y
no tenga cobertura; que tarde o temprano pasará algo así. Mi conclusión
es que en la música y en los festivales en particular hay mucha
explotación laboral, falta mucha educación en legislación laboral, tanto
por parte de los promotores como por parte de los grupos y falta mucha
organización entre las trabajadoras para defender sus derechos. Nada muy
distinto de la sociedad en general, por otra parte”.
Fuente: http://bit.ly/musicosdeusar

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